El pan es de las cosas que más se compran y también de las que más se tiran. Compras una barra para acompañar la comida, al día siguiente está dura como una piedra y acaba en la basura sin más historia. Y es una pena, porque una barra asentada da para muchísimo.
Que el pan esté duro no es motivo para tirarlo. Salvo que aparezca moho o huela raro, sigue siendo un ingrediente estupendo. De hecho, media cocina tradicional española nace justo de ahí: de qué hacer con el pan del día anterior. Migas, torrijas, sopa castellana, salmorejo… todos son platos que se inventaron para no tirar pan.
Aquí van siete formas de darle una segunda vuelta antes de rendirse.

Tostarlo bien y montar una tosta
La opción más directa. Una rebanada de pan de ayer, unos minutos en la tostadora o en una sartén sin nada, y vuelve a estar decente. Hasta gana, porque el pan tostado sujeta mejor cualquier cobertura que uno recién hecho, que se moja enseguida.
A partir de ahí, las combinaciones son las que te apetezcan. Para desayunar, el clásico tomate y aceite, aguacate con huevo, queso fresco con mermelada, plátano con crema de cacahuete. Para picar antes de la cena, tostas más finas al horno con queso azul y nueces, con paté de sardinas, con hummus y unas semillas, con anchoas. Se resuelve una comida rápida sin cocinar prácticamente nada.
Convertirlo en picatostes para cremas y ensaladas
Cortas el pan en dados de un centímetro más o menos. Los pasas por la sartén con un chorro de aceite de oliva y un diente de ajo aplastado, o al horno a 180 °C unos diez minutos hasta que estén dorados y crujientes.
Aguantan bien una semana en un bote hermético. Cuando quieras servir una crema de calabaza, de puerro o de calabacín, un puñado por encima cambia el plato entero: donde había un puré sin más aparece un contraste crujiente. Lo mismo con una ensalada César, con una sopa de tomate o con unos huevos rotos.
Si en vez de solo con ajo los haces con hierbas provenzales, con pimentón dulce o con curry, tienes variantes para no cansarte.
Rallarlo tú mismo
Cuando el pan ya está muy seco, ni se corta bien ni tiene sentido intentar recuperarlo. Es el momento del pan rallado casero.
Lo trituras con la picadora, con el robot o con un rallador si tienes paciencia, y ya está. Si aún conserva algo de humedad, un rato en el horno bajo (unos 100 °C) lo termina de secar. Guardado en un tarro cerrado, aguanta perfectamente varias semanas.
El pan rallado casero tiene otro nivel comparado con el industrial. Es más gordo, más irregular y hace un rebozado con mucha más textura. Con él salen mejor las croquetas, los flamenquines, unos calamares a la romana o cualquier verdura al horno con costra crujiente. Puedes personalizarlo también: con ajo y perejil para pescados, con pimentón para pollo, con parmesano y romero para asados.
Recuperar recetas tradicionales como las migas
Si tienes varios trozos guardados, junta unos cuantos y monta unas migas. Es un plato tan viejo como bueno, y cada zona tiene su versión: las extremeñas con panceta y chorizo, las de pastor con uvas, las manchegas con tropezones varios.
La base siempre es la misma: pan cortado en dados pequeños, humedecido con agua salada la noche antes, y luego frito despacio en abundante aceite con ajo hasta que quede tierno por dentro y crujiente por fuera. A partir de ahí, cada cual le pone lo que tiene: pimientos, chorizo, torreznos, un huevo frito por encima, o incluso uvas y sardina, que suena raro pero funciona.
Es cocina de cuchara con pocos ingredientes y mucho jugo. Y sale, literalmente, del pan que ibas a tirar.

Que aporte cuerpo a sopas y platos de cuchara
La sopa de ajo o sopa castellana es el ejemplo más obvio: pan duro, ajo, pimentón, agua o caldo, un huevo escalfado por encima y listo. Cena de invierno en veinte minutos, calentita y con casi nada en la despensa.
Pero hay más. El pan sirve para espesar cremas y salsas sin necesidad de harina ni de nata. Un pellizco añadido a mitad de cocción, un golpe de batidora, y el plato coge cuerpo. La ajoblanca malagueña se hace así, con pan, almendras y ajo. Y el rey del verano, el salmorejo, no es otra cosa que tomate, pan, ajo, aceite y sal, todo bien emulsionado. Casi ningún plato del recetario español rentabiliza tanto una barra dura como un buen salmorejo.
También para postres
El pan asentado da postres muy buenos. Los tres más conocidos, por si te apetece meterte:
- Torrijas. Rebanadas gruesas, empapadas en leche infusionada con canela y cáscara de limón, pasadas por huevo y fritas en aceite. Se rebozan al final en azúcar y canela, o en miel aguada. Semana Santa manda, pero se pueden hacer cualquier fin de semana.
- Pudin de pan. Trozos de pan mezclados con leche, huevos, azúcar y lo que quieras (pasas, canela, chocolate, frutos secos). Al horno hasta que cuaje, y frío al día siguiente está incluso mejor.
- Tostadas francesas. Como las torrijas pero versión desayuno: rebanada pasada por huevo batido con leche y canela, a la plancha con un poco de mantequilla, y por encima sirope de arce, fruta o azúcar.
Los tres nacieron para aprovechar pan del día anterior. Y los tres siguen mereciendo el sitio en la mesa.

Congelarlo a tiempo
El truco menos glamuroso y probablemente el más útil. Si compras una barra y ves que no la vais a terminar, no esperes a que se ponga dura: cortas en rebanadas o en trozos, las metes en una bolsa y directo al congelador.
Aguanta perfectamente un par de meses sin perder calidad. Cuando la necesitas, sacas solo lo que vas a gastar (para eso ayuda tenerlo ya cortado) y la descongelas a temperatura ambiente, o directamente al horno o a la tostadora si tienes prisa. Sale con textura casi de recién hecho.
Es la solución más simple de todas y la que más pan salva.
En masymas supermercados encuentras distintos tipos de pan para acompañar tus comidas, desde barras clásicas hasta panes especiales o de masa madre. Y si sobra un cuscurro, antes de tirarlo merece la pena pensar dos veces: tostas, picatostes, migas, pan rallado, sopas, torrijas… son unas cuantas ideas. Aprovechar lo que ya tienes en casa es una manera sencilla de tirar menos comida y, de paso, cocinar cosas nuevas.
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