Preparar una salsa lleva su tiempo. Y una vez hecha, casi siempre sobra. Ese tarrito que queda al fondo de la nevera puede acabar dos cosas: olvidado hasta que se pone raro, o convertido en la solución rápida de tres o cuatro comidas de la semana. La diferencia entre una cosa y otra es una hora de imaginación cuando la haces por primera vez.
Aquí van seis salsas caseras muy comunes y qué se puede hacer con ellas más allá del uso que pensaste al prepararlas.

Tomate: la reina de las segundas vidas
Si tenías que quedarte con una salsa como comodín absoluto, esta. Un buen tomate frito hecho en casa —cebolla pochada despacio, tomate triturado, un poco de azúcar, una hoja de laurel, media hora a fuego suave— rinde muchísimo más allá del clásico plato de pasta con el que probablemente lo estrenaste.
Con lo que sobre: una pizza casera esa misma semana. Huevos al plato o unos huevos rotos improvisados. La base para unas albóndigas o unas pechugas de pollo estofadas. Un cucharón dentro de un potaje de garbanzos para darle color y cuerpo. Una tosta con tomate, anchoas y aceitunas negras que sale en dos minutos. Un arroz al horno rápido en el que el tomate sustituya al sofrito.
Y lo que ya no vayas a gastar en dos o tres días, al congelador en tarrinas individuales o en cubiteras. Descongelas la cantidad justa y tienes base para cualquier cosa dentro de tres semanas.
Pesto, más allá de la pasta
El pesto tiene fama de ser una salsa de un solo uso. Injusto: es probablemente la salsa que más transforma un plato aburrido con una cucharada.
Sobre unas patatas cocidas o asadas cambia por completo la guarnición. Sobre tomate en rodajas con mozzarella, sin necesidad de más. En un bocadillo de pollo a la plancha en lugar de mahonesa. Extendido en la base de una tostada con burrata encima. Mezclado con un poco más de aceite para convertirse en un aliño de ensalada de pasta fría o de cuscús. Con unos gnocchi caseros. Sobre un salmón antes de meterlo al horno.
Un truco para que aguante más en la nevera: cubre la superficie del tarro con una capa fina de aceite antes de cerrar. Se conserva mejor y no se oxida por arriba.
La salsa de yogur, comodín del verano y del año
Yogur natural, un poco de aceite, sal, ajo, hierbas frescas (menta, eneldo, cilantro, perejil, el que tengas) y un chorro de limón. Cambian los aromáticos y cambia la salsa.
En su versión más clásica —el tzatziki griego, con pepino rallado y ajo— acompaña pollo a la plancha, cordero, kebabs caseros, un plato de garbanzos con especias. Con menta y comino se convierte en la raita india que refresca cualquier curry. Con cilantro y lima acompaña tacos, quesadillas o cualquier cosa mexicana. Con eneldo va con salmón. Con perejil y ajo, sobre unas patatas asadas.
También sustituye a la mahonesa en muchos bocadillos y wraps, con menos calorías y más frescura. Y como es lácteo, ojo: refrigerada en cuanto la termines, tapada, y consumo en tres o cuatro días máximo.
Cremas de verduras que se convierten en salsa
Esta es la vía que nadie contempla y funciona sorprendentemente bien. Una crema de verdura densa —de calabaza asada, de calabacín, de pimiento rojo asado, de coliflor— deja de ser primer plato y se convierte en base de salsa con muy poco esfuerzo.
Cuchara generosa debajo de un pescado a la plancha en el plato, unas semillas por encima y ya está. Como salsa para pasta corta, aligerando con un poco de agua de cocción y añadiendo queso rallado al final. Extendida en un plato como fondo para unas verduras asadas, unas croquetas o unos huevos poché. Mezclada con un poco de nata o queso crema como dip para picar con crudités. En un arroz, mezclada al final como se hace con un risotto.
Es la solución perfecta cuando en la nevera te ha quedado un cuenco pequeño de crema que no da para servir de primero pero que tirarlo daría rabia.

Vinagretas: no todo es la ensalada
Una vinagreta es aceite, vinagre y algo que la haga interesante. La base clásica —tres partes de aceite por una de vinagre, sal, mostaza para emulsionar, pimienta— admite mil variaciones: con miel, con soja, con frutos secos triturados, con hierbas, con un puñado de fresas machacadas para una vinagreta afrutada de verano.
Fuera de la ensalada, una vinagreta funciona sobre pescados a la plancha (una vinagreta de pimientos asados con un lomo de merluza es difícil de mejorar), sobre verduras cocidas templadas, sobre unas patatas cocidas al estilo alemán, sobre unos garbanzos tibios con cebolla morada y perejil. Como marinado para unos champiñones crudos laminados. Sobre unos espárragos blancos de bote, elevándolos a otra cosa.
Prepararla aparte, en un bote con tapa que puedas agitar, permite dosificar solo lo que necesitas cada vez y guardar el resto varios días.

Sobre conservación
Un aviso rápido para no arruinar todo lo anterior. Las salsas caseras aguantan menos que las industriales porque no llevan conservantes: de tres a cinco días en la nevera para la mayoría (menos si llevan lácteos crudos o huevo). Recipientes de cristal cerrados, refrigerados en cuanto se enfríen, y una etiqueta con la fecha si sueles acumular varios tarros a la vez.
Casi todas se pueden congelar en porciones pequeñas —cubiteras o tuppers individuales— y así tienes un banco de bases listas para varias semanas. Excepciones importantes: las que llevan lácteos frescos (nata, yogur) o mayonesa cortan al descongelar. El pesto se congela bien; la salsa de yogur, no.
Y ante la duda —olor raro, capa extraña, gusto a cerrado— fuera. Vale más tirar un tarro que arruinar una cena o pasar mala noche.
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